Los niños sin abuelos

17/Jun/2016

Por Esc. María Wonsiak de Haskel, para CCIU

Los niños sin abuelos

Por María Wonsiak de Haskel, para CCIU
El 19 de junio se celebran el Día del Natalicio de José Artigas, el Día de la Bandera y el Día del Abuelo.
¿Por qué celebramos el Día del Abuelo vinculado a Artigas nuestro máximo prócer, el Protector de los Pueblos Libres, el ideólogo de la Instrucciones del Año XIII, el que desde niños nos enseñó a ser “tan ilustrados como valientes” y a “no vender el rico patrimonio de los orientales al vil precio de la necesidad”?
Porque los abuelos y las abuelas son la simiente, la columna vertebral de la familia, los que brindan su afecto y experiencia, los que nos enseñan y malcrían, los que  nos unen a nuestro pasado, a nuestros padre y madre y con ellos son los pilares de nuestro desarrollo, de nuestro futuro, de nuestro consuelo.
Son los que siempre están, en las buenas y en las malas. Porque como les cantó Pablo Estramín: “Son los que tienen para los nietos el mimo ese que “está demás!, que los protegen, que los mal-crían según opinan papá y mamá”… “son los que corren cuando hay enfermos y los que siempre primero están cuando una pena llama a la puerta de algún vecino o familiar”.
Yo pertenezco a una “generación de niños sin abuelos”.
De tres de ellos no conozco su rostro ni por foto y apenas por confusas referencias puedo reconstruir su nombre.
Mi abuela materna murió en Kolno, Polonia, un día cualquiera de quizás las primeras décadas del siglo pasado, no sé si por enfermedad, desnutrición o cansancio.
A mi abuelo paterno lo mataron un viernes de 1914 al atardecer en un pogrom en la Sinagoga de Goworowo, Distrito de Ostrołęka, Polonia, cuando mi tío menor Szamka aún no había cum-plido un año.
Ya mi abuelo materno Jacobo Zabielowich, conocido como “Iankl der blejer” (que en idish significa: Jacobo el Hojalatero) lo mataron a palos el 22 de junio de 1941, al inicio de la masacre de los judíos de Kolno por los nazis, quienes a principios de agosto ya habían cumplido su objetivo: Kolno quedó “limpia” de judíos. Eran 3000 que estaban afincados allí desde hacía un milenio.
Según testimonio del único testigo de la matanza sobreviviente que relata Dina Koncepolsky: Kolno situada en la frontera rusa había quedado bajo el poder soviético. Pero de pronto, en forma inesperada la noche del sábado 21 para el 22 de junio de 1941, a las dos de la mañana los alemanes rodearon Kolno y la empezaron a bombardear.
Nadie entendía lo que pasaba.
Algunos pensaron que eran truenos. Un proyectil cayó en la casa de una familia judía, sus hijas se salvaron de milagro y luego morirían en el gueto de Lomza y en Auschwitz.
El domingo los alemanes tomaron Kolno, Enseguida, los primeros días, cayeron víctimas judías. Jacobo Zabielowicz (mi abuelo) y el viejo Bromson fueron obligados a desnudarse y se les golpeó hasta dejarlos tendidos muertos con el acompañamiento de fuertes risas y carcajadas sonoras de los cristianos del pueblo. Jaime Gros y Moisés Mrachek, el herrero, fueron fusilados en la mitad de la calle por los soldados alemanes así como pocos días después mis tíos Leah y Jaime Baruj, únicos Zabielowich que quedaban allí. (Kolno Memorial Book, págs. 48, 317 y sgts.)
Mi abuela paterna fue la “más privilegiada”
En 1914 cuando mataron a su esposo en un Pogrom ocurrido en el pueblo donde vivía, quedó sola, sin recursos y con tres hijos: mi tío Hershel de 9 años, mi papá de 6 años, y mi tío Szamka de menos de un año.
Sus padres habían partido a los Estados Unidos de Norteamérica con sus cinco hermanos menores en 1907, en busca de oportunidades y tranquilidad que en Goworowo brillaban por su ausencia, El hambre, las persecuciones y agresiones a los judíos estaban en aumento.
Desgarrada, trató de salvar a sus hijos. Con enormes dificultades logró mandar a Hershell con sólo 17 años a Nueva York. Mi padre y mi otro tío ya no pudieron entrar al mismo destino. Lograron llegar a Uruguay, solos y separados cada uno, mi padre con 5 dólares en el bolsillo y una pequeñísima valija; mi tío, con solo 16 años.
Se despidieron de ella con una fotografía cada uno, que ella conservó hasta su muerte en 1952 y que llegó a mis manos casi 50 años después, cuando por primera vez pude contactar a mi familia paterna en Springfield cuya existencia ignoraba, gracias al amor de su sobrina menor que las conservó como un tesoro.
Durante años mandó desgarradoras cartas a sus padres, vendió las pocas pertenencias persona-les que aún le quedaban, y logró en 1934 partir del puerto polaco de Gdansk y llegar a Ellis Island –la puerta de ingreso a USA-, y luego a Springfield, Massachusetts, donde se reunió con sus padres y hermanos. No volvió a ver a sus dos hijos menores y sólo conoció a sus únicas tres nietas que nacieron en Uruguay, por fotos que también guardó celosamente hasta su muerte en 1052.
Yo también fui la privilegiada entre sus nietas todas uruguayas. Al ser la mayor, y saber leer y escribir en “idish”, único idioma que habló en su vida pues nunca aprendió el inglés le mandé y recibí de ella algunas cartitas, que recuerdo con mucha ternura, nostalgia y un nudo en la garganta. Una preciosa y única foto de ella engalanaba nuestro comedor.
Mi padre y mi tío lloraron mucho su muerte. Nunca volvieron a ver a su madre, de tanto en tanto sólo una carta iba y otra venía. Algunas, unas pocas, las conservo.
Pese a que desde 1928, fecha de la llegada de mi padre al Uruguay y hasta el fallecimiento de mi abuela, habían pasado 24 años, en que mi padre trabajó duro y parejo, no logró ir a visitarla ni fue posible para ella venir a conocernos a Uruguay.
Pero la abuela tuvo suerte: murió muy enferma a los 63 años en un hospital de Springfield y está enterrada en uno de los cementerios judíos de la misma ciudad, donde bajo una discreta matzeivah (lápida) yace junto a la de su madre, fallecida seis meses antes.
Mi padre, recién al jubilarse en 1962 reunió el dinero suficiente para viajar a Norteamérica a visitar la tumba de su madre, y a encontrarse en Brooklyn por única vez con su hermano mayor Herschel. Por mi parte, hace apenas seis años que, luego de una ardua búsqueda llegué hasta la tumba de mi abuela y lloré con desconsuelo y amargura buscando la respuesta que no llega, a una pregunta que marca mis pensamientos en forma permanente y que cada día cobra mayor trascendencia.
¿Por qué millones de niños judíos nos vimos privados del amor, la protección y el abrazo de nuestros abuelos?
No se me escapa que el drama es aún mayor porque el Holocausto y los siglos de persecuciones que lo anteceden también han privado a muchos niños y adultos de culminar su ciclo vital, engendrar hijos y nietos y disfrutarlos como abuelos. Tampoco se me escapa que en la masacre nazi murieron niños y adultos polacos, alemanes, no judíos.
Y mucho menos se me escapa que han existido y lamentablemente aún existen masacres de otros pueblos y colectivos y que todos los días, a lo largo y ancho del planeta ocurren actos terroristas que cobran vidas inocentes, perpetrados por quienes buscan eliminar al diferente, al que consideran solo por eso, enemigo merecedor de su muerte y la ejecutan!
La humanidad padece de una atroz enfermedad autoinmune que genera células destructoras de ella misma que con los desarrollos tecnológicos se expanden como reguero de pólvora por los rincones más impensables del planeta, en acciones individuales, colectivas, planificadas o masivas. Poco importa su envergadura. Es su poder destructor el que debe generar los desvelos de la humanidad sana que sólo quiere vivir en paz, con la dimensión que la palabra abarca.
Pero en el día del abuelo quiero convocar a la reflexión y a la acción para lograr que nunca más se repitan salvajadas de hombres contra hombres. Aniquilaciones de hombres por hombres, que hombres opriman a otros hombres o ataquen su dignidad, para que no continuemos mirando hacia otro lado o seamos indiferentes o incrédulos frente a acciones que evidencian que muchos hombres, muchos dirigentes planean nuevos holocaustos, nuevos genocidios, nuevas dominaciones y nuevas limpiezas étnicas.
Reflexionar y tener conciencia que lamentablemente, los bárbaros del siglo pasado no son historia sino que siguen ocurriendo contra distintos pueblos del planeta y más aún que no es un peli-gro sólo para los judíos y los conflictos son solo en Medio Oriente y que el invierno se ha instala-do demostrando lo efímero que fue la aparente primavera árabe.
Pero esto no sólo sucede sucede en continentes muy lejanos.
Pasó y está pasando por estas latitudes. En Argentina hace más de 20 años ocurrieron los atentados contra la embajada de Israel y la AMIA, y hasta el día de hoy figuran oficialmente sin aclaración pese al tiempo trascurrido. El fiscal Nisman que llevaba adelante la acusación, pagó con su vida, “en circunstancias” también “no aclaradas”. La investigación del fiscal Nisman no sólo arrojó luz sobre los autores del atentado a la AMIA sino también respecto del alcance de la expansión terrorista en Latinoamérica, en especial en Argentina e incluso en el país en que vivimos.
En nuestro querido Uruguay hace pocos meses un hombre fue muerto a puñaladas por otro, por no ser de su religión. Y sucedió en Paysandú tierra que sirvió y sirve de hogar a inmigrantes sin distinción de origen, raza o pueblo, cuyos hijos habían echado raíces, tuvieron hijos, nietos y bisnietos todos uruguayos, aman a su patria y viven en paz y armonía.
El asesino fue un maestro de escuela. La víctima un hombre bueno, nacido en Paysandú, hombre de familia, esposo y padre de tres 3 hijos, de poco más de 50 años, altamente apreciado por amigos y vecinos, y por sobre todas las cosas solidario, comprometido con las necesidades de su tierra, de perfil muy bajo, que en silencio ayudaba a todo el que se lo pidiera, de buen humor y siempre listo con un chiste a flor de labios.
Toda la sociedad civil sanducera repudió el bárbaro asesinato. Una multitud silenciosa superior a diez mil personas convocadas en forma espontánea, con dignidad expresó su perplejidad, profundo dolor y total rechazo ante un hecho a todas luces ajeno al espíritu de hermandad que rige la vida de todos los sanduceros.
La víctima se llamaba David Fremd. Este nombre, cuyo significado es todo un símbolo, evocó en mí aquel mediodía en que perpleja escuché en los patios de mi Facultad de Derecho que durante una represión habían matado al primer estudiante uruguayo.
Fue el comienzo de los años oscuros del Uruguay que quedó sumido en 30 años sin democracia. Su nombre: Líber Arce, estudiante de Odontología…
David es un nombre hebreo que en esencia significa “amado” y Fremd en idish significa “ajeno”. Y eso era David, un hombre bueno, un hombre amado, solidario, ajeno a todo odio y maldad.
Y sus nietos no conocerán a su abuelo paterno como yo no conocí a los míos sólo por un acto de un hombre que consideró, que por sus diferencias religiosas, no había lugar para ambos en este mundo, que el otro debía eliminarlo y así lo hizo.
Estamos asistiendo a un fenómeno de expansión universal de un odio sin razón y violencia terrorista que se ha concretado en la muerte de millares de personas inocentes a manos de fanáticos intolerantes actos de los que día a día dan cuenta los medios.
Nuestros hijos, nuestros nietos y nosotros mismos estamos amenazados y por cierto que no solamente los judíos u otros grupos étnicos. No lo subestimemos. Los terroristas son hábiles y no tienen límites éticos.
Para detenerlos es necesario que quienes amamos la paz, la amistad, la familia, los que jamás podríamos realizar acto alguno que dañara a otro hombre, a una mujer, a un niño, de la raza que sean, del credo que sean, todos unidos, informados y comprometidos tomemos conciencia que constituimos la única fuerza indestructible capaz de detener y evitar que las masacres entre seres humanos vuelvan a ocurrir.
No se trata de sembrar y vivir con temor sino de tomar conciencia del aporte que cada uno de vosotros, desde su lugar familiar, laboral o social puede brindar en la educación de los derechos humanos de niños, jóvenes y adultos y en especial del irrestricto derecho a la vida.
Se trata también de asumir, la responsabilidad de la comunidad y de todos NOSOTROS al permitir que cada día más se abandonen principios básicos de tolerancia, de permitir y no rebelarse ante la pérdida de valores, de permitir por ejemplo que los videojuegos y películas y revistas de niños, jóvenes y adolescentes contengan cada vez escenas violentas y que el premio se adjudique a quien mate más enemigos. El ya referido asesino de Paysandú asistía a salas de videojuegos en los que se dedicaba -proclamándolo a viva voz- ¡a matar judíos! Sin embargo el encargado del local ni a los restantes asistentes reaccionaron frente a un hecho que reclamaba al menos un toque de atención, lo consideraban “normal”.
El 19 de junio debe ser no solo el “día del abuelo” sino el del “nunca más de niños sin abuelos por la intolerancia de unos seres humanos contra otros”.
Con estas reflexiones y convocatoria, previas al domingo 19 de junio, en que junto a mi esposo, hijos, nietos y sobrinos nietos voy a disfrutar mi día de la abuela, homenajeo con mucho dolor y nostalgia pero con no menos esperanza a mis abuelos, cuyos besos y caricias piel a piel nunca pude disfrutar y porque quiero contribuir a evitar que otros sufran privaciones de afectos por la acción de personas intolerantes.